CIUDAD DE MÉXICO, 21 de mayo, (AGENCIAS/CÍRCULO DIGITAL).—Por Romeo Valentín Arellanes. Igual que en la antigua Mesopotamia, la tierra el agua y el fuego siguen siendo los elementos básicos para elaborar artesanalmente ladrillos rojos en el pueblo de San Martín Cuautlalpan, municipio de Chalco, Estado de México.

La señora Rosalba García Martínez se dedica a ello igual que lo hicieron sus padres; las ladrilleras llegaron en el siglo 19 a la región y es la principal actividad económica del pueblo que tiene más de 23 mil habitantes y es considerado de alto rezago social.

Alguna vez Chalco fue un lago, mientras que San Martín Cuautlalpan se ubica en una zona semiplana o valle intermontañoso dentro del Eje Volcánico Mexicano, lo que da a su suelo una composición ideal para fabricar ladrillos. En San Martín hay más de cien hornos para fabricar tabiques.

El primer paso es picar la tierra firme de los bancos, explica Rosalba García, proceso que también se hace a mano con barretas y picos. Los trabajadores llevan la tierra hasta el patio de trabajo de Rosalba.

Ella mezcla la tierra con agua y estiércol de caballo para formar arcilla, es una tarea cansada, admite, lo hace con un azadón y un machete, sumergiendo los pies en la gran masa que poco a poco queda uniforme. “No deben quedar grumos”, añade.

Cuando la arcilla está lista la acomoda con las manos lo más rápido posible dentro de un molde de madera con la forma de 10 ladrillos, su meta hoy es fabricar 500,

explica que la mayaría de los trabajadores hacen un millar pero ella solo la mitad porque también se dedica a sus labores domésticos. “Hacemos según las fuerzas y las ganas”, por eso está conforme con el trabajo, según explica.

Los ladrillos son ahora rectángulos color café, que Rosalba va apilando hasta formar una barda a lo largo del patio de trabajo, antes de meterlos al horno debe esperar a que se sequen, lo cual puede tardar un día, si hay sol o dos o tres si está nublado.

El día está nublado por eso también los cubre pues si se mojan durante este punto del proceso su trabajo se echaría a perder. “Si no está el tabique cocido es muy blando y se puede romper”, explica mientras parte con sus manos el grueso rectángulo de adobe para demostrarlo.

Juan Carlos Amaya Flores tiene 20 años trabajando en las ladrilleras del pueblo y accede a explicar el proceso de horneado porque el maestro está ocupado, sellando la parte superior del enorme horno con tierra. El maestro literalmente está parado sobre las llamas y vacía cubetadas de tierra y abono.

El horno mide seis metros de alto por seis de ancho y le caben 60 mil ladrillos. Según explica Juan Carlos, los trabajadores van guardando ahí a lo largo de semanas o meses el producto de su trabajo y cuando se tiene la cantidad suficiente, el horno, que también es de ladrillos, se enciende.

Lo más difícil es estar atizando el fuego- asegura- pues el horno puede estar prendido varios días, hasta que adquieren su característico color rojo. “Imagínate que tan duro está el fuego que los ladrillos de hasta abajo pueden quedar derretidos”.

“Usamos madera y aserrín”, y aclara que no usan llantas viejas, que es una de las acusaciones de los vecinos de los fraccionamientos aledaños a quienes molesta el humo de las ladrilleras.

Los ladrilleros coinciden en que es en los basureros que rodean la zona donde la gente quema las llantas y defienden que la fabricación de tabiques es su principal fuente de ingresos y que ellos llegaron primero que las unidades habitacionales.

Sin embargo también saben con resignación que esta actividad no durará para siempre, pues los bancos de la zona donde se extrae la tierra útil para la fabricación de ladrillos rojos están próximos a agotarse.