Ciudad de México a 04 de septiembre (DAVID POLANCO / CDMX MAGACÍN / CÍRCULO DIGITAL). –Es evidente que la tecnología necesaria para alertar oportunamente sobre fenómenos meteorológicos tales como ‘Harvey’ y ‘Lidia’ ha registrado avances impresionantes durante las últimas décadas. Miles de millones de dólares se han invertido en satélites atmosféricos y una enorme cantidad de sensores ha sido instalada en alta mar para proporcionar datos capaces de anticipar eventos extremos. 

A pesar de ello, las pérdidas registradas en ambas contingencias permiten inferir que el ciudadano promedio aún se encuentra insuficientemente preparado para adoptar iniciativas individuales que le permitan enfrentar de manera óptima a los desastres naturales.

El hecho de que cerca de 20 mil turistas hayan quedado varados en el área de Los Cabos, Baja California Sur, cuando se conocía la trayectoria y el potencial del fenómeno meteorológico con cerca de dos días de anticipación es motivo de una reflexión seria. En un escenario ideal, los turistas deben abandonar áreas de riesgo de manera oportuna, pues facilitaría significativamente las labores de protección civil en favor de los sectores más vulnerables de la población local. No hay cabida para realizar turismo en áreas declaradas como zonas de emergencia.

En Texas, la situación resultó mucho más dramática, pues en sólo 36 horas los vientos de ‘Harvey’ aumentaron en intensidad en 277%. Existe un amplio consenso en la comunidad científica internacional referente a que esta “rápida intensificación” se debió a las altas temperaturas existentes en el norte del golfo de México.

En estas regiones marítimas se registran valores de entre uno y dos grados centígrados por encima del promedio histórico. El calentamiento global está exacerbando fenómenos naturales de por sí violentos, dando márgenes de respuesta muy estrechos para las poblaciones civiles.

En el caso de ‘Lidia’ se generó un escenario muy difícil de manejar por parte de los medios masivos de comunicación. Un huracán ‘tradicional’ como ‘Irma’ (que actualmente se encuentra cruzando el Atlántico desde las costas de África) suele recibir un ‘nombre formal’ con varios días de anticipación a su impacto en tierra.

En contraste, a pesar de que el 30 de agosto la entonces depresión tropical 14 ya amenazaba claramente a la península de Baja California (figura 1), el fenómeno no recibió el título de tormenta tropical ‘Lidia’ sino hasta varias horas más tarde (figura 2). En ese momento, los medios contaban con una ventana de unas cuantas horas para informar oportunamente a los turistas de la pertinencia de desalojar el área.

A pesar de que la información emanada de los centros especializados era pública, la movilización no ocurrió. Más aún, el término ‘tormenta tropical’ resultó engañoso, pues aparentemente implica poco peligro en comparación con un huracán, cuando en realidad los efectos de este fenómeno natural pueden ser altamente destructivos.

Los fundamentos de las acciones de prevención de riesgos ante fenómenos como ‘Harvey’ y ‘Lidia’ se encuentran en el conocimiento científico. Mientras un eclipse solar puede anunciarse con siglos de anticipación, los huracanes contemporáneos están otorgando márgenes de sólo dos o tres días para el desarrollo de acciones de carácter preventivo.

‘Harvey’ resultó ser la causa del mayor desastre económico de la historia de los Estados Unidos asociado a una catástrofe natural, cuando apenas tres días antes de su impacto en Texas era clasificado como un mero remanente de depresión tropical.

Dado que este tipo de eventos seguirá ocurriendo a lo largo de este siglo, es necesaria una nueva cultura civil que permita dar respuestas ágiles y eficaces para afrontar escenarios catastróficos. Esta labor, de carácter interdisciplinar, representa uno de los más importantes retos de la civilización contemporánea.