Ciudad de México a 04 de septiembre ( CÍRCULO DIGITAL). – Murió Ultiminio Sugar Ramos, para quien su profesión era equiparable a la de un artista. Entendió el boxeo no como un ejercicio violento sino, ante todo, como un oficio de caballeros. Falleció en la Ciudad de México a los 75 años por complicaciones derivadas de una larga enfermedad que deterioró en los últimos años su estado de salud.

Era el Sugar de Matanzas, Cuba, donde nació el 2 de diciembre de 1941. Ahí aprendió el deporte al que consagró su vida. Era un niño limpiabotas. Con el cajón de lustrar zapatos apoyaba a su familia, hasta que un día vio llorar a su padre. El hombre estaba abatido porque en su familia, con tradición de boxeadores, nadie parecía destinado al éxito.

Ese día le prometió que sería el mejor del mundo. Guardó el cajón de limpiabotas para empezar una carrera como boxeador amateur a los 11 años. A los 15 ya era profesional. Ultiminio logró convertirse en campeón del mundo, tal como prometió a su padre en Cuba, aunque su carrera la construyó en México. Con el triunfo de la Revolución cubana, la prohibición del deporte de paga provocó un éxodo de boxeadores que recalaron en este país.

Sello cruel

Este oficio, de manera contradictoria, también le dejó una marca profunda y dolorosa que lo acompañó el resto de su vida: Sugar provocó la muerte a dos adversarios.

La primera vez, en 1958, cuando era apenas un jovencito en Cuba: noqueó en ocho asaltos que le provocaron la muerte a José Tigre Blanco. Después, en 1963, en la que sería su consagración como campeón mundial de peso pluma, los golpes que propinó a Davey Moore le costaron la vida en Los Ángeles.

Ultiminio recordaba aquellas tragedias con viveza. Contaba con mayor histrionismo el primero de esos accidentes. Abría los ojos para acentuar lo terrible que fue aquella noche. Uno de los puñetazos se encajó en el rostro del Tigre como si le pegara a una bola de vapor. Recordaba que volteó aterrado a gritarle a su mánager, Kid Rapidez, que algo estaba saliendo mal.

–¡Rapidez, Rapidez! ¡Que lo he matado, lo he matado! –gritó a su esquina, pero sus asesores lo animaron a que regresara.

Ultiminio decía que ese sí lo había sentido. Sugar quedó tan impresionado que ya no quería seguir, pero la madre del Tigre Blanco le reclamó. Cómo era posible que pensara abandonar este oficio, al que su hijo había ofrendado la vida.

Decía Ultiminio que durante muchos años el rostro del Tigre Blanco lo persiguió en sus sueños. El recuerdo de aquel muchacho lo atormentaba a la hora de dormir y desde entonces no le gustaba acostarse solo.

El padre de Ultiminio también lo convenció de seguir en el boxeo. Le insistió que no había sido su culpa. Que había sido el Tigre, pero pudo ser el Sugar, y en ese intercambio de roles, Ultiminio terminó por hacerse a la idea de que tenía que continuar.

No es como que tú agarres a uno y le des un tiro al rival, contó a La Jornada hace casi una década; “pero yo era un chamaco y donde quiera me parecía que veía al Tigre. Desde ese día empecé a dormir con alguien y hasta la fecha no puedo acostarme solo”.

Con Moore fue distinto. Por supuesto que le dolió, pero Sugar recordaba que estaba por cumplir una promesa que hizo a su padre. La noche del 21 de septiembre de 1963 arrebató el cinturón de campeón al estadunidense y con ello también le quitó la vida.

Fue un peleón. He visto muchos combates, pero ninguno como ese, contó emocionado en aquella entrevista de 2008 en el hotel Virreyes del Centro Histórico; fue tan bonita, tan chula, con nada de salvajismo.

Ultiminio recordaba que antes de cada asalto se saludaba con Moore en una ceremonia grave, pero repleta de respeto. Aunque también narró que hubo un episodio que tenía una nota de dolor.

Davey Moore dijo a un periódico que Ultiminio Ramos iba a Los Ángeles a llevarse el campeonato para México, pero para hacerlo tenía que matarlo, dijo Ultiminio y tras una pausa demasiado larga suspiró: Se murió. Cosa del destino. Como que éste ya decía que yo iba ser grande, y por desgracia en ese tiempo el que era campeón del mundo era Moore y yo era el que estaba arrancando cabezas a todos.

Ese campeonato con el que cumplió el deseo de su padre le duró poco más de un año. Lo perdió en un combate épico ante el mexicano Vicente Saldívar, el 26 de septiembre de 1964. Nunca pudo recuperar un título.

Ultiminio solía decir que lo que ganó boxeando se lo gastó y no vivía amargado por ello. Vivía con modestia, pero con esmerada pulcritud casi orgullosa. Acudía a todas sus reuniones vestido impecable, de traje y corbata, sujeta con un estilo muy personal, con un prendedor y sin nudo. Gafas oscuras permanentes, sombrero y abrigo largo cuando el clima lo exigía.

En aquella conversación con La Jornada visitó sus antiguos dominios. Quería mostrarse como un hombre que vivió el esplendor de un México que ya había desaparecido, uno donde convivían estrellas de cine con toreros y boxeadores. El hotel Virreyes, los billares de Eje Central, algunos salones. Mientras caminaba lo saludaban en la calle. Casi siempre gente mayor que sabía quién era ese hombre de aspecto elegante.

Decía que el boxeo lo daba todo, pero que todo desaparecía. Lo único que quedaba era el reconocimiento de la gente y para eso había que ser grande. Lo decía casi cantando, como un son festivo, sin resentimientos, porque en la vida había cumplido todos sus deseos: peleó, ganó, bailó y disfrutó de la compañía de las mujeres.

Con Información de LaJornada