Ciudad de México a 05 de septiembre (CÍRCULO DIGITAL).-Ultiminio Ramos escuchó música cubana el viernes por la tarde. Fue la última vez que disfrutó una de sus más profundas pasiones; cuando dejó el boxeo, en 1972, se refugió en la pista de baile y la música tropical para apaciguar su alma festiva.

Esa tarde, mientras escuchaba por última ocasión unos sones, el Sugar de Matanzas siguió todavía el ritmo con las manos, como si tocara unas tumbadoras improvisadas en cualquier superficie. Ese gesto parecía un tic que celebraba la vida del ex boxeador nacido en Cuba en 1941, pero asimilado mexicano y que murió el domingo a los 75 años de edad, después de un largo padecimiento de cáncer. En su funeral, Ultiminio seguía siendo un recuerdo sonoro.

¿A qué vinimos a la vida?, preguntaba en sus mejores años como si fuera una rumba; a comer perejil, respondía eufórico casi cantando sin que nadie pudiera descifrar su frase.

Ultiminio, el Champion y rumbero, no podía irse de otro modo: se fue acompañado de canciones y ritmo. Uno de sus sobrinos, también nacido en Matanzas, pero que vive en la Ciudad de México desde hace dos décadas, acudió a la funeraria de la colonia Juárez con otros familiares, todos vestidos de blanco a la usanza de los santeros.

El tic-tac de las claves y un güiro insistente fueron suficientes para musicalizar la despedida de Ultiminio, mientras una mujer cantaba una rumba. Una ceremonia yoruba improvisada como un breve tributo a Ultiminio, fiel devoto de Shangó, la deidad que representa el trueno en esa religión sincrética con raíces africanas.

Todo en Ultiminio era ritmo, su fraseo al hablar, su memoria, el boxeo y el baile, porque ayer todos lo recordaban, no sólo como esteta del cuadrilátero, sino también como un gran bailarín que dominaba en la pista. No faltó quien lo recordara como integrante de grupos tropicales en los que aporreaba las tumbadoras.

Había que ver a Ultiminio en acción. En la película Las Glorias del Gran Púas (Roberto G. Rivera, 1984) hay un número en el que se representa a sí mismo como boxeador y elegante bailarín. Después de ejecutar un chachachá con gracia y piruetas, se sienta a una mesa de parranderos. Un hipotético Ricardo Garibay –autor del libro en el que se basó el filme– le pregunta si la vida del boxeador es puro vacilón. Sugar, como histrión dramático, le responde que la vida de los peleadores es cruda y hay que gozar cuando hay oportunidad. Antes de culminar la escena recuerda su pelea por el título mundial pluma, por la que murió Davey Moore en 1963. Él se fue, yo estoy aquí y tenemos que seguir, responde en el filme.

Ese espíritu festivo siempre fue contrapunto de sus recuerdos amargos. Ultiminio trató de no dejarse abatir por su biografía en el cuadrilátero, donde además de Moore, antes fue responsable de la muerte de otro adversario en Cuba, José Tigre Blanco, en 1958. El trágico deceso del estadunidense incluso fue retomado por Bob Dylan en la canción Who Killed Davey Moore?

Perdió el campeonato mundial con Vicente Saldívar (en 1964) porque estaba disminuido por la muerte de Moore, apenas susurra el ex campeón mundial gallo Carlos Zárate; esa muerte le dolió mucho, por eso creo que perdió pronto el título.

Se retiró en 1972, después de una carrera de 15 años en el cuadrilátero. Algunos compañeros, como el ex campeón wélter Pipino Cuevas suponen que la manera en que Ramos vivió sus combates no le permitió permanecer más tiempo en acción.

Con Ultiminio se va una época, lamenta el presidente del Consejo Mundial de Boxeo (CMB), Mauricio Sulaimán; fue una pieza clave para la consolidación y prestigio del boxeo latino y el primer campeón que coronó el CMB, con eso digo todo.

Por la tarde fue enterrado en el Panteón Civil de Dolores. Ahí permanecerán sus restos, pero su memoria seguirá retumbando como una tonada en arenas populares, salones de baile y cantinas donde el Sugar gozó como nadie.

Con Información de la Jornada