“Cuando no tienes nada, no tienes nada que perder”, (como una piedra rodante, 1963): Bob Dylan

Desde la adolescencia tira mandobles sobre el ring

–El arte de la barbarie del polémico Premio Nobel de Literatura

–Tuvo dos entrañables historias con el pugilismo mexicano

–Camaleónico, rockero, actor, equiparado con los Beatles

Por Jesús Yáñez Orozco

Ciudad de México a 26 de Octubre (JESÚS YÁÑEZ/CÍRCULO DIGITAL).-Bob Dylan es mucho más que icónico rockero setentón: mariguano irredento, poeta consumado, fugaz actor, pintor, multipremiado literato –Orden de las Artes y las Letras 1990, Premios de Música Polar en 2000, Príncipe de Asturias 2007, y Pulitzer en 2008; Medallas Nacional de las Artes 2009 y Presidencial de la Libertad 2012.

Denostado Premio Nobel de Literatura 2016, es equiparado con los Beatles y Elvis Presley.

Dios camaleónico,  han sido publicados 38 libros en español sobre él.Una especie de Zelig –personaje de la película de Woody Allen– mimetizado, etéreo, humo de carne y hueso. Inasible. Espíritu gitano.

Pero ahí está. Como el cuento de Augusto Monterroso.

“Yo no soy lo que importa. Lo que importa son las canciones. Yo soy apenas el cartero. Yo soy el que entrega las canciones”, filosofó en alguna ocasión Dylan –Robert Allen Zimmerman (en hebreo: Shabtai Zisl ben Avraham) de origen judío.

Fantasma de sí mismo –había quiénes pensaban que hace décadas estaba muerto–, tiene una desenfrenada pasión que, todo indica, realiza a sus 76 años de edad, considerado deporte de los pobres, eternos marginados: boxeo.

Casado en dos ocasiones y padre de cinco hijos —Jakob,  Jesse, Anna, Samuel y Desiree— Dylan descubrió el deporte de los puños y la mota  dos febriles amores desde la adolescencia y marcaron su vida.

Puños destructores. Buriles que forjan arte. Droga, motor inspirador de letras y notas musicales.

Similar a aquél  púgil griego que participó en los juegos olímpicos de Atenas, en 2004, que gustaba de tocar música clásica en el piano luego de los extenuantes entrenamientos en el gimnasio.

Elías Pavlidis, se llama y, según la agencia noticiosa Reuters, nota de aquél 23 de agosto, reconocía entonces que el piano es la “droga” que lo impulsa antes de subir al cuadrilátero.

«Sí, yo tomo drogas”, decía ufano.

“Pero”, aclaraba con una sonrisa juvenil, “mis anabólicos son la música clásica, el piano.»

Peleaba en categoría medio pesado. Tenía 26 años de edad. Representaba al país organizador de los Juegos de Atenas. No obtuvo medalla alguna. Ahora debe frisar los 39.

Durante dichos juegos, Grecia se vio muy golpeada por una serie de escándalos por dopaje desde el inicio de la cita olímpica.

“Si me hacen un control, creo que en mi sangre encontrarían las notas de (el compositor ruso Sergei) Rachmaninov”, ironizaba Pavlidis en declaraciones publicadas por el diario griego Apogevmatini.

“Yo toco el piano antes de cada pelea», explicaba el púgil, “de esa manera me relajo, descanso y aclaro mi mente.”

Un boxeador que tocaba el piano antes de intercambiar golpes con su contrincante de turno parecía extraño a los ojos del mundo.

No para Pavlidis.

“Mucha gente se pregunta eso y creen que el piano y el boxeo no coinciden, pero yo no pienso así”, agregó.

Dylan tampoco.

Aunque él si consume mariguana.

 

Porque pareciera que son irreconciliables mariguana, arte, música y a literatura –características de la tragedia griega antigua–, con el salvaje, bárbaro, sangriento, irracional, pugilismo. Que, sin embargo, también tiene su dosis de arte, poesía.

Ejemplo vivo que el consumo recreativo de cannabis y deporte se llevan de la mano. No riñe uno con otro, a diferencia del alcohol. Se complementan. Por eso cada vez más se legaliza en Estados Unidos: California, Nevada, Alaska, Colorado, Oregón y el distrito de Columbia. Aunque en la eterna doble moral de la Casa Blanca, persigue como perra rabiosa la legalización en otros países y es feroz su combate en México.

Cómo entender que a un artista como él guste de aporrear el teclado de una computadora, tocar la guitarra o la armónica, con sublimes notas musicales, luego de golpear el costal, la pera, hacer rounds de sombra estar sometido a extenuantes ejercicios de acondicionamiento físico para soportar rounds de tres minutos con sus sparrings.

El arte de la barbarie o la barbarie del arte.

Ese complejo arte poético de volar como mariposa y picar como abeja sobre el ring, como decía Mohamed Alí en la cúspide de su gloria deportiva.

Cuando está –o estaba– de gira ocasionalmente, Dylan, visitaba de incógnito  varios gimnasios para entrenar un round, o doce. Sin box no habría música y viceversa.

El pentagrama y la pluma, otra forma de ring.

En 2008, Bob visitó, de incógnito –como gusta hacer cuando está bajo el escenario– el gimnasio Nuevo Jordán, ubicado en la calle de Buen Tono número 36, colonia Centro, en Ciudad de México. El entrenador, Rodolfo «Güerco» Rodríguez no lo reconoció cuando comenzó a hacer sparring.

Entonces, Dylan tenía 66 años.

Se dio tiempo, durante los dos conciertos, tras 18 años de ausencia en el Auditorio Nacional, para subir al cuadrilátero.

“‘Me dije: ‘¡pinches viejitos les va a dar un infarto!’”, comentó Rodríguez al diario El Universal, pocos días después.

“Le puse a hacer un round de costal y otro de pera. Luego lo subí a boxear un round con cada uno de sus amigos y lo hizo bien”, explicó con el rostro dibujado de sorpresa.

Analizó, emocionado:

“Se ve que practica el boxeo desde hace tiempo. Porque suelta buenos golpes y trae orejeras, concha y guantes profesionales”.

Resumió lo que le transmitió Dylan sobre el ring:

“Sabe lo que es el pugilismo y lo disfruta.”

Quien esto escribe retomó esa historia para la columna Ágora Deportiva, del 27 de febrero de 2008. Apreció publicada en el número 756 del periódico Estadio.

Texto premonitorio.

Bajo el título Bob Dylan, narra:

Parece inexplicable la visita de Bob Dylan al gimnasio de boxeo Nuevo Jordán, en el Centro Histórico de la Ciudad de México, lugar donde solían entrenar campeones mundiales como Julio César Chávez –Humberto González, “La chiquita”, y Erik Morales “El Terrible”, entre otros.

No caló hondo en su nariz el rancio olor añejo de sudorosas ilusiones campeoniles. Miró con tristeza a los ancestrales pordioseros que deambulaban por las aceras.

El nombre de este héroe del país de las Bardas y las Estrellas y Mesías eléctrico hasta la fecha, ha sido propuesto en varias ocasiones para el Premio Nobel de Literatura.

Dice la leyenda que fue quien enseñó a los Beatles a “quemarle las patas al chamuco” –fumar mariguana—antes de que se convirtieran en el famoso Cuarteto de Liverpool.

La historia de Dylan con el boxeo data de 1966, cuando el púgil de origen afroamericano Rubin “Huracán” Carter, campeón mundial de peso medio, fue acusado de triple asesinato –que no cometió—en un bar donde el peleador había estado esa misma noche.

Quedó libre 19 años después con el clásico: “usted disculpe”.

El músico lo visitó en la cárcel y le dedicó una canción: “Hurricane” (Huracán). Esa historia marcó la vida del roquero.

 “No estoy en la cárcel por asesinato.  Estoy en la cárcel porque soy negro en Estados Unidos de América, donde quienes ostentan el poder sólo permitirían a un negro ser un bufón o un criminal”, dijo durante una entrevista en 1975.

Mas la historia de “Huracán” es similar a la de muchos boxeadores mexicanos que ven la posibilidad de hacerse de dinero en corto tiempo, porque las urgencias familiares son mayúsculas.

Cuando tenía 11 años un hombre blanco, adinerado y viejo, se acercó a un grupo de amigos de Rubin intentando seducir a uno de ellos, pues los niños negros eran presa fácil.

Rubín defendió a su amigo lanzando una botella de vidrio que pegó en la cabeza del acosador. Ambos forcejaron, pero Rubin huyó tras clavarle una navaja en un brazo.

Una semana después lo arrestaron.       

El policía que lo interrogó –se apellidaba Della Pesca–, aprovechó para amenazarlo u humillarlo por ser negro. Llevaron a Rubin a una corte para menores y le dictaron sentencia de permanecer en un reformatorio hasta los 21 años.

En ese violento reformatorio aprendió a sobrevivir entre peleas y abusos sexuales.

Escapó dos años antes de cumplir la sentencia –19 años. Se enroló en el ejército y se hizo paracaidista. Superó problemas personales como su tartamudez y se hizo boxeador profesional.

Parafraseando a Dylan sobre por qué esta problemática racial contra negros y latinos persiste hasta la fecha:

“La respuesta está en el viento”.

 

El 13 de octubre de 2016, fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura “por haber creado nuevas formas de expresión poética dentro de la gran tradición de la canción estadounidense”, según comunicó la Academia sueca justificando su dictamen.

La Academia recordó que, además de la producción de álbumes con canciones suyas, Dylan publicó trabajos experimentales como Tarántula (1971) y una recopilación de sus escritos y dibujos en 1973.

Dylan se convirtió, según la Academia, en un icono y su obra ha sido objeto de sinfín de estudios críticos.

“Como artista ha sido altamente versátil y ha trabajado como pintor, actor y autor de guiones”, recuerda la academia.

Dylan tuvo otro momento memorable con el boxeo mexicano, conocido a nivel internacional.

Durante su época de oro –décadas de los años  50s, 60s y 70s—tuvo destacados campeones nacionales y mundiales: Kid Azteca, Raúl “Ratón” Macías, Efrén “Alacrán” Torres, Ultiminio Ramos, José Ángel “Mantequilla” Nápoles –ambos de origen cubano– Vicente Saldívar, Rubén “Púas” Olivares, Arturo Zárate, Lupe Pintor, entre un sinnúmero de memorables púgiles.

Fue una infausta noche, aquella del 21 de marzo de 1963 en que se enfrentaron Davey Moore y Ultiminio “Sugar” Ramos, cubano-mexicano, recientemente fallecido, a los 76 años de edad.

Marcó la historia del boxeo y conmocionó al mundo provocando una serie de críticas al deporte y su brutal forma de entretenimiento. Ahora  intereses económicos, televisión sobre todo, lo han convertido en una caricatura.

Además, inspiró el nacimiento de la famosa canción Who killed Davey Moore –quién mató a Davey Moore–? de Dylan, que audazmente cuestiona a aquellos que formaron parte, de formas diversas, de aquella oscura noche que ensombreció a la dulce ciencia y que terminó con la vida de Moore.

El origen de la canción de Bob Dylan son las preguntas Who killed Davey Moore, Why an’ what’s the reason for? (¿Quién mató a Davey Moore? ¿Por qué y cuál es la razón?) A través de ellas  cuestiona entre sutilezas y franquezas al réferi, los managers, la audiencia, los apostadores, la prensa… y al rival.

De acuerdo con las crónicas de la época, Dylan se atreve a hacer las preguntas que nadie más asume, provoca que la atención que se le presta a las acusaciones se desvíe y se centre en una reflexión que sacude las reacciones controversiales que rodean los hechos y no atienden las causas de raíz.

Está fue la infausta historia:

Sobre el ring en Dodger Stadium, de Los Ángeles, los primeros dos rounds fueron de Moore, quien sorprendió al cubano “Sugar” Ramos con izquierdas y derechas combinadas. De ahí en adelante el panorama se invirtió. Fue Ramos quien se encargó de dejarle claro a Moore quién dominaba en el ring de manera contundente.

Aunque en el quinto round Moore cayó, el réferi no lo contó y permitió que la encarnizada contienda continuara.

En el sexto, Moore desfogó el resto de energía que le quedaba haciéndole daño a Ramos en una mejilla y cerrándole el ojo derecho firmando su propia sentencia.

Para los siguientes rounds, los más de 26 mil espectadores en el estadio de beisbol estaban enardecidos: unos pedían clemencia para Moore y otros un final sin piedad a Ultiminio.

En el décimo, Davey  levantaba exhausto la guardia ante un Ultiminio enérgico. Sus golpes, agujas punzantes, entraban al rostro y al cuerpo de Moore, sin que este pudiera reaccionar. Estaba lento y débil.

Algo infausto presagiaban sus  movimientos.

Moore daba todo cuanto podía hasta que la izquierda poderosa de Ramos lo alcanzó haciéndolo perder el equilibrio y  tocar la lona con la rodilla.

Davey se levantó deprisa y el Matanzas lo recibió con una letal ráfaga de golpes que lo llevaron de nuevo a la lona. Cayó de espaldas, impactó su cuello y cabeza con una de las cuerdas del ring. Moore se levantó por inercia.

Escuchó el conteo y avanzó aturdido, parecía ya un títere a merced de los movimientos enérgicos de Ultiminio. No cesaba de impactarlo y llevarlo fuera del cuadrilátero hasta que la campana sonó y libró de aquel suplicio a su rival.

El manejador de Moore, Willie Ketchum, tiró la toalla dirigiéndose al réferi George Latka,  exclamando:

“¡Es una matanza. Davey está sufriendo demasiado!”

Y la pelea se detuvo seguida de un atronador alarido de la multitud, dando por triunfador a un Ultiminio, jubiloso, mientras Moore no se recuperaba, intentaba aunque desorientado, atender la derrota.

“Es sólo que no fue mi noche”, reflexionaba Moore parloteando en el ring  con una toalla en la cabeza y sosteniéndose en las cuerdas mientras lo entrevistaban para la televisión.

Seguía justificándose con la mirada perdida:

“Puedo pelear mucho mejor. Creo que puedo noquearlo. Simplemente no pude recuperarme.”

Ya en los vestidores lo entrevistaron bajo el síndrome de la lucidez y se dirigió a Morton Sharnik de Sports Illustrated diciéndole:

“Al igual que ustedes escritores, si sólo ustedes lo admitieran, algunos días no pueden escribir. Bueno, esta noche me sucedió a mí. Fue solo que no di lo mejor de mí”.

Después de esto se sintió mal y quiso descansar. Retiraron a los periodistas y lo que le siguió fue una queja de intenso dolor en la cabeza. No pudo contenerse más y se desmayó. Quedó inconsciente ante su equipo. Fue trasladado al White Memorial Hospital donde llegó el peor desenlace que pueda tener un boxeador.

Tras varios días de permanecer en coma, Davey expiró el 26 de marzo. La autopsia reveló que la muerte fue a causa del choque que sufrió con la cuerda inferior en el ring, además de algunos golpes que recibió en el mentón.

 

“Lo siento,” decía repetidamente Ultiminio Ramos a la esposa, Geraldine Moore, con las lágrimas resbalándole por las mejillas y los ojos ensombrecidos el día que se conocieron en el White Memorial Hospital en Los Ángeles, California.

Ella contestó desolada y como consuelo:

“Tú eres el afortunado. Fue un acto de Dios.”

Posteriormente Ramos fue señalado severamente por el suceso, a pesar de haber lamentado la muerte de su oponente y guardado el luto, después de un tiempo se dirigió a la prensa diciendo:

“¿Por qué tuvo que morir? Fue mi noche, mi gloria. Gané justamente y… entonces él murió y nadie recuerda que Ramos hizo una buena pelea. Sólo recuerdan que Davey Moore murió. Alguien dijo que yo lo maté. Trabajé duro y lo golpeé. Pero no soy un asesino.”

A diferencia de quienes fueron partícipes de aquella dolorosa batalla, Ultiminio a los 71 años de edad respondió indirectamente algunas de las preguntas que lanzó Bob Dylan en su canción.

Alguna vez le dijo a un reportero:

“Moore falleció de muy mala manera. Lo que le pasó a él pudo pasarme a mí. Esa es la manera en que fue. Me duele. Fue algo muy difícil. Pero como boxeador profesional, debí continuar y superar la situación”

Con esa pena, Ultiminio Ramos se fue a la tumba, mientras Dylan fuma hierba, goza de fama, salud, y los 822 mil euros –unos 17 millones y medio de pesos mexicanos– del Premio Nobel de Literatura.

Y, sí, la respuesta está en el viento.

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