+Se fue de Reynosa, Tamaulipas, a McAllen, Texas

+El mejor mexicano de la historia en el prestigiado torneo de Augusta

+Con las dos nacionalidades, se identifica más con el país de este lado del Río Bravo

+Disfruta el clímax de su carrera con el Masters tras haber crecido en una ciudad golpeada por la delincuencia organizada

+Cumplió su sueño infantil: jugar con Tiger Woods

+”Fui un niño milagro”, dice

 

Ciudad de México, 17 de noviembre (BALÓN CUADRADO).- Cuando Abraham Ancer era niño, sus amigos le decían que los sueños “no son demasiado grandes”. Pero, poco a poco, se dio cuenta de que él quería descubrir si esa frase era cierta o no. Tiempo después huyó –como hacen muchos mexicanos–, de las garras de la feroz delincuencia organizada en el norte del país y se fue a la pizca de la pelota de golf en Estados Unidos.

A mediados de la década de los 90, las áridas calles de Reynosa (Tamaulipas) permitían a los niños como Abraham andar en bicicleta por su vecindario, correr y reír. El ambiente era tan ameno que, con solo cinco años de edad, su papá se animaba a darle el volante del coche para manejar unos metros antes de arribar al Club Campestre, donde empezó su práctica de ese deporte que no sabía cómo le cambiaría la vida.

“Mi papá era mi héroe y mi mejor amigo. Murió en 2014 antes de que mi carrera despegara. Daría todo para que él experimentara conmigo lo que me está pasando”, recuerda con los ojos bañados de nostalgia, a punto de lágrima.

En días pasados, Ancer se convirtió en el mexicano con mejor actuación del Masters de Augusta en este 2020 a pesar de ser su debut en la competencia, terminando en la posición número 13.

Pero para que Ancer pudiera brillar en lo alto de la historia del golf de México, tuvo que superar diversos obstáculos: la inseguridad a causa del crimen organizado de la ciudad donde se crió, el choque cultural por cambiar de país y la muerte de su mejor amigo:

Su padre.

¿Cuál es el origen de Abraham Ancer?

Su acta de nacimiento siempre dirá McAllen, Texas (Estados Unidos), pero su esencia es mexicana:

“Es donde me crié y de donde es mi familia. Me enorgullece decir que represento a México y que soy tamaulipeco”, apunta.

Desde su infancia vivió en Reynosa en compañía de sus padres y sus hermanas mayores.

“Fui un niño milagro”, comenta tras haber nacido 13 años después de su hermana Claudia y 10 años después de Sayra, quien recuerda que Abraham su “muñequito de carne y hueso”.

Ese ambiente rodeado de amor empezó a ser golpeado por la cruda realidad del entorno. La formación de rabiosos cárteles de narcotráfico a finales de los 90 convirtió a la ciudad que lo crió, Reynosa, en infernal viacrucis para su población, llegando a una tasa de 935 homicidios anuales y ubicándose como la ciudad 38 más peligrosa del mundo.

Sus padres decidieron regresar a McAllen y, ahí, ingresó a la secundaria de Tiny Odessa Junior, donde continuó su amor por el golf.

Abraham jugaba ese deporte desde los dos años, iba hasta tres veces por semana a practicarlo al Club Campestre de Reynosa en compañía de su padre, quien a veces no jugaba junto a él porque “no podían convivir, los dos hablaban mucho, se distraían y no avanzaban”, relató Javier García Ortega, su primer entrenador, al portal somostamaulipas.com.

Cuando Abraham llegó a Estados Unidos, su inglés no era bueno. Pero sabía que llegaba a ese país “porque quería perseguir mi sueño en el golf”, y una de sus quimeras más grandes era emular la trayectoria del histórico Tiger Woods, a quien seguía desde los cinco años.

Solo imaginaba emularlo. No dimensionaba jugar a su lado.

Su rendimiento en Odessa fue destacado, ganando cinco torneos incluido un Ping-All American. Eso le abrió las puertas de una beca en la Universidad de Oklahoma, donde le bastó conectar dos hoyos para ‘enamorar’ a su entrenador:

“Me tomó dos hoyos antes de pensar: tengo que conseguir a este chico. Tuvo muy pocas oportunidades en preparatoria y no fue porque no era bueno, sino porque nadie realmente sabía quién era él”, recuerda Ryan Hybl, su coach de golf en dicha universidad, de la que Ancer se graduó en 2013 en Estudios Multidisciplinarios.

La época colegial no solo le ayudó a perfeccionar su inglés y su mentalidad, sino lo que más le importaba: el golf, dando el salto en el 2016 al obtener su PGA Tour Card, apenas tres años después de convertirse en golfista profesional.

No obstante, uno de sus momentos cumbres llegó en 2019, tras ser el primer mexicano en participar en The Presidents Cup al lado de su ídolo de la infancia:

“Finalmente estaba haciendo lo que había soñado como un niño en Reynosa: jugar junto a Tiger”.

La dinámica de la infancia había cambiado. De niño, Ancer llegaba a un Club Campestre que en la entrada tenía una imagen de la Virgen de Guadalupe; manejaba el coche los últimos metros bajo el resguardo de su padre; recogía pelotas con una lata de frijoles, amarrada a un palo, y practicaba hasta el anochecer.

A sus 29 años, es el mexicano con mejor actuación en el Masters de Augusta (posición 13) superando lo hecho por Antonio Cerdá en 1961 (posición 24).

“Hay 11 millas entre Reynosa y McAllen, mis dos pueblos natales, pero honestamente son dos mundos aparte”, narra Abraham en un documental, realizado por el PGA, Tour titulado “Sin fronteras”.

Del lado mexicano, le tocó vivir un ambiente de personas que vendían elotes para subsistir y que tuvieron que resguardarse de los cárteles del narcotráfico; del lado estadounidense, se encontró con la oportunidad de convertirse en el golf, pero para él, ambos pueblos son parte de su formación.

“El deporte del golf no es muy común en Tamaulipas y el resto de México, así que quisiera apoyarlo de alguna manera y que se haga más popular; que niños y jóvenes se entreguen a jugarlo y ayudarlo a crecer”.

De Reynosa a McAllen, Abraham Ancer ha construido un puente con base en cuatro palabras: familia, oportunidad, sacrificio y golf.

“Represento lo mejor de ambos lados y vivo mi vida sin fronteras”, remata en el documental del PGA.

(Con información del diario El Economista)