22 septiembre, 2021

Héroes deportivos también se cansan

 

 

+Simone Biles rechaza una larga tradición de estoicismo en el deporte

+La gimnasta ha sido ampliamente elogiada al ser la atleta de élite más reciente que tuvo el coraje de reconocer su vulnerabilidad

+Reconoció sus “demonios en la cabeza”

+Fue integrante de una familia disfuncional

+En los Juegos Olímpicos de Río 2016, el nadador Michael Phelps, el atleta olímpico más premiado de la historia hizo pública su fragilidad emocional

+Empezó a hablar sobre su lucha contra la depresión y pensamientos suicidas

+Ganó 28 medallas olímpicas, 23 de ellas de oro 

 

Ciudad de México, 30 de julio (BALÓN CUADRADO).– Hace diez años, o incluso cinco, una atleta de la talla de Simone Biles tal vez habría sido reacia a admitir que le costaba enfrentar tanta presión. Ya ni hablar de retirarse en medio de una competencia olímpica.

Así analiza Jeré Longman en The New York Times el tema de la súper atleta estadounidense, 24 años de edad, que decidió abandonar dos competencias gimnásticas en Tokio, por sus “demonios en la cabeza”,  víctima quizá del monstruo de Frankenstein  del olimpismo mundial. Donde lo que prima es el negocio sobre el deporte. Y la exigencia es el triunfo a toda costa. Incluso de la salud propia.

Y consciente o inconscientemente agravado, su infierno, por la pandemia por covid 19.

Porque la palabra derrota no tiene cabida.

Ni siquiera como broma.

Con 19 títulos de campeona mundial y 25 medallas ganadas en campeonatos mundiales, Biles es la gimnasta más laureada de todos los tiempos, tanto en la categoría masculina como en la femenina.

El hogar en el que pasó sus primeros años de vida estaba sumido en un ambiente disfuncional debido a los problemas que afrontaban sus progenitores.

Su madre era una adicta al alcohol y las drogas, mientras que de su padre se sabe que consumía constantemente sustancia psicoactivas y abandonó la familia.

Cuando Simone contaba con apenas tres años de edad, ella y sus hermanos fueron llevados por las autoridades del estado a un orfanato, donde luego serían tomados en adopción por sus abuelos, quienes los trasladaron a su hogar ubicado en Spring, dentro del condado de Harris, Texas.

En el año 2003, comienza su relación con el mundo del deporte al ir de excursión a un centro de gimnasia conocido como Bannon’s Gymnastix. En aquel lugar quedó fascinada por aquel deporte, e intentó practicar en la parte de atrás del lugar imitando los movimientos de los gimnastas que había visto.

Finalmente los dominó.

Pero 17 años después algo se rompió.

“Las personas quizá habrían tachado a esa atleta de tener mente débil”, dijo Hillary Cauthen, psicóloga clínica deportiva en Austin, Texas, el martes, horas después de que Biles, la mejor gimnasta de la historia, abandonó la final femenina de gimnasia por equipos en los Juegos Olímpicos de Tokio, y un día antes de que declarara que tampoco participaría en la competencia individual de gimnasia femenina.

Sin embargo, un cambio en la aceptación cultural comenzó a formarse en los años 2015-16, cuando la Asociación Nacional de Atletas Universitarios (NCAA, por su sigla en inglés) creó un programa de salud mental, comentó Cauthen.

Justo antes de los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro en 2016, el nadador Michael Phelps, el atleta olímpico más premiado de la historia, empezó a hablar sobre su lucha contra la depresión y los pensamientos suicidas.

Desde entonces, los jugadores de la NBA DeMar DeRozan y Kevin Love y la patinadora artística Gracie Gold, entre otros atletas, han declarado de manera pública que batallan con problemas de ansiedad y depresión.

Si bien los psicólogos deportivos afirman que sigue existiendo un estigma en torno a los atletas y la salud mental, y Biles sin duda se sintió decepcionada por no haber cumplido con las enormes expectativas de estos Juegos, también fue aceptada como la atleta de élite en activo más reciente en tener el valor de reconocer su vulnerabilidad.

“Qué alivio debe estar sintiendo de tan solo poder ser honesta y decir: ‘¿Saben qué? No me siento bien’”, dijo Cauthen, miembro del consejo ejecutivo de la Asociación de Psicología Deportiva Aplicada (AASP, por su sigla en inglés).

Longman, autor de este artículo, es reportero deportivo y autor de libros superventas. Cubre una variedad de deportes internacionales, principalmente olímpicos. Ha trabajado en The Philadelphia Inquirer, The Dallas Times Herald y The Clarion-Ledger en Jackson, Mississippi.

Sian L. Beilock, presidenta de Barnard College en Nueva York y científica cognitiva que estudia a atletas, empresarios y estudiantes, y las razones por las que sucumben ante la presión, dijo que era probable que Biles enfrentara reacciones negativas por no competir en el evento por equipos mientras sus compañeras continuaron su esfuerzo para ganar una medalla de plata.

No obstante, Beilock afirmó:

“Aplaudo el hecho de que fuera capaz de determinar que no estaba en el estado mental adecuado y retirarse. Qué difícil hacer eso. Había muchísima presión para que continuara. Y logró encontrar la fortaleza para decir: ‘No, esto no está bien’”.

Tras abandonar la competencia, Biles les aseguró a los reporteros que no estaba lesionada, y declaró:

“He sentido mucho estrés en estos Juegos Olímpicos”.

También mencionó que aún no había decidido si seguiría compitiendo.

La salida de Biles, según dijo Beilock, fue un intento de tomar las riendas de una situación que parecía haberse salido de control cuando perdió su sentido de posicionamiento en el aire durante una maniobra giratoria.

Fue similar a la salida de la estrella japonesa del tenis Naomi Osaka del Abierto de Francia de este año, para no enfrentar los que ella consideró cuestionamientos invasivos y desalentadores por parte de los medios.

El martes, Osaka perdió contra Marketa Vondrousova de la República Checa y quedó eliminada en la tercera ronda de las Olimpiadas.

Según Beilock, la disposición cada vez mayor de los atletas a alzar la voz confirma que los problemas de salud mental afectan a todo el mundo.

Para una sociedad que ha enfrentado los estragos de un confinamiento pandémico, y pronto podría hacerlo de nuevo, Beilock agregó que los reconocimientos francos por parte de Biles, Osaka y otras figuras son “realmente importantes para que el ciudadano común haga lo mismo. De cierta manera, les da permiso”.

Biles llegó a los Juegos Olímpicos como algo más que una gimnasta superestrella.

Era el rostro de las Olimpiadas de Verano para NBC. Se convirtió en una vocera líder contra el abuso sexual tras denunciar los delitos cometidos por Lawrence G. Nassar, exmédico del equipo de gimnasia femenina de Estados Unidos y de atletismo de la Universidad Estatal de Míchigan.

Mientras tanto, los patrocinadores corporativos de Biles, así como sus fanáticos y los medios de comunicación, esperaban que coleccionara medallas de oro como imanes en el refrigerador.

“Está claro que Simone ha estado bajo una inmensa cantidad de estrés”, comentó Steven Ungerleider, psicólogo deportivo en Eugene, Oregon, y antiguo atleta universitario que ha trabajado con cientos de atletas olímpicos.

El hecho de que la pandemia del coronavirus provocara que los Juegos Olímpicos de Tokio se postergaran un año, explicó Ungerleider, fue en extremo difícil para los gimnastas de élite, que no tuvieron acceso regular a gimnasios, entrenadores y campamentos de entrenamiento nacional.

En mayo, Biles compitió por primera vez en 18 meses. En estas Olimpiadas, se presentó en un recinto casi vacío, sin poder recibir la energía del público.

“Como gimnasta”, mencionó Ungerleider, “siempre tienes que tocar, sentir e interactuar con las barras y la viga. Sin ese equipo al alcance, sin un entrenador y sin supervisión, eso equivale a días de cinco, seis y siete horas de entrenamiento a los que tuvo acceso limitado durante 17 meses”.

Sin embargo, Biles pudo perfeccionar maniobras singulares y sin precedentes. Pero la falta de competencia regular para muchos atletas fue el equivalente a la atrofia muscular, dijo Nancy Hogshead-Makar, una abogada que ganó tres medallas de oro y una de plata en natación en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles de 1984.

“No es que se estén asfixiando; no es que estén fuera de forma”, dijo Hogshead-Makar. “Casi ningún atleta experimenta esa situación de pasar un año sin competencia. No hay remplazo para eso, cuando todas las miradas se centran en ti y necesitas poder rendir cuando sea el momento adecuado”.

La competencia regular les enseña a los atletas cómo lidiar con la adrenalina, subiéndola y bajándola como si fuera un termostato, dijo. Y competir les permite entrar en un estado de gracia y fluidez, dijo Hogshead-Makar, para “soltar el manubrio” del entrenamiento y sentirse en calma y centrados, como si las presentaciones estuvieran sucediendo por sí mismas.

“Realmente no te gusta el pensamiento cognitivo”, dijo Hogshead-Makar. “Solía ​​sentir que mi alma se condensaba en una aguja. Solo estaba realmente consciente de la respiración. No eran mis brazos, mis piernas y mi cabeza moviéndose. No era esta cacofonía de salpicaduras y movimiento. Yo era una astilla. Fueron esos momentos compartidos con Dios, esa es la única manera en que puedo describirlo”.

Tener un desempeño deficiente en el momento más esperado y visible de la carrera de un atleta puede ser devastador, escribió con sinceridad en su cuenta de Instagram Nyjah Huston, patinador estadounidense que era uno de los favoritos para la competencia callejera y terminó en séptimo lugar.

Tras describirse como “demasiado competitivo”, Huston escribió que “la desventaja de eso es que me castigo mucho cuando no lo hago bien. Hay días después de ciertas competencias en los que no quiero hablar con nadie y solo recuerdo todo lo que hice mal una y otra vez. O en los que, después de una derrota, me pongo a beber alcohol en el hotel, yo solo, pensando que me hará sentir mejor”.

“¡La salud mental es muy importante!”, agregó.

Leroy Burrell, entrenador principal de atletismo en la Universidad de Houston, es un ex plusmarquista mundial en los 100 metros planos y era de los favoritos para llevarse la medalla de oro en el evento en los Juegos Olímpicos de Barcelona en 1992.

Pero llegó a los Juegos con molestias de espalda, tuvo una reacción aletargada tras una salida en falso y terminó en un decepcionante quinto lugar.

“A menudo tienes la esperanza de que, si te va bien, se te abrirán más puertas y se te presentarán más oportunidades, y podría ser un cambio generacional para la trayectoria de tu familia”, expresó Burrell.

“No puedo imaginar los desafíos que Simone ha estado enfrentando. En esencia, ha sido el rostro del equipo estadounidense en los Juegos. De verdad la entiendo. Hay una tremenda cantidad de presión a tu alrededor. Toda tu identidad está ligada a tu desempeño y se multiplica por 1000 cuando vas a las Olimpiadas”.

Los momentos decepcionantes en los Juegos Olímpicos “pueden acecharte para siempre”, sentenció Burrell.

“Jamás olvidas esos momentos. Debes aprender a vivir con ellos y no dejar que te definan. Debes tratar de encontrar otras cosas que sean importantes para ti”.

(Con información del diario The New York Times)